creer en la poesía


Leer un poema, tratar de entender, intentar la comunión con la palabra es tal vez la última parte. La primera parte es otro dolor. Sin embargo, estar ahí creyendo en la poesía, en que lo que dice tiene que ver con uno mismo es un ejercicio difícil de profundizar.
No todo el mundo va detrás de un verso, declarándose abierto a la definición, al trazo de unas líneas que se convierten en letras y palabras. No hay muchos que se hagan por unos minutos indigentes y cambien sus ambientes refrigerados por un poco de sol de mediodía, y así ver de cerca el significado.
Aquí faltan testimonios, experiencias, visiones, frustraciones y muchas preguntas. Pero puedo decir que también así es posible creer en la poesía.

Roberto

Roberto llega un rato más tarde desde la Vía España. Ha visto a Lencho y se acerca para ver qué pasa. Lencho lo distingue e inmediatamente sabe que está recién despertado. Seguramente pasó mala noche.

Viene con un cartucho grande y una cara de hambre disimulada. Agradece que el otro le extienda un poco de su comida. También acepta el libro, aunque temeroso de ensuciarlo. Los dejo interactuar y me aferro a mi timidez. Ellos también han sido sorprendidos por el momento.

Cambia de estación en la radio

"...apura el paso,
sumerge la mirada en sí,
en el semáforo,
cambia de estación en la radio,
o bien,
si el terror se lo permite
tira al aire algunas monedas".

para ver el texto completo

La fotografía muestra a un conductor que mira hacia abajo dentro de su auto. Creo que tocaba la radio, o tal vez buscaba monedas, pero la luz seguía en rojo y él no abría las ventanas. No hubo oportunidad de explicarle qué queríamos de él, nunca bajó el vidrio, ni levantó la mirada, ni pareció intentar calmarse...

una venta

Una de las ventas de Lencho.
"Buenas tardes señoras, hoy es el día mundial de la poesía y estamos vendiendo este libro. El precio es de un dólar, pero se agradece lo que pueda..."
La chica busca el dólar en su bolso, tranquilamente, a pesar de la negativa de su compañera de viaje. Luego, baja la ventana justo lo necesario para el intercambio y desaparece en el sopor del mediodía.

Lencho Flores


Se llama Florencio. Todos lo conocen como Lencho. Tony lo encontró en las calles de Río Abajo mientras caminaba con su maleta al hombro. Su maleta es su casa y viaja con ella por donde va. Es imposible dejar sus pertenencias por ahí.

Yo estaba en la esquina de la intersección de la Vía España con la Once de Octubre con un cartucho lleno de libros. Los veo bajar del auto y me pregunto quién será.

El viene con un libro en la mano y me pregunta si yo escribí el poema. Le digo que sí, con algo de verguenza porque sé que es mi punto de vista sobre una situación en la que el sujeto es desconocido para mi. Pero me dice "Así mismo es como lo que dice usted. La gente nos mira así, nos temen, como si nosotros saliéramos a la calle a hacer daño. No somos maleantes, pero nos tienen miedo".

La entrevista

Alexandra Shjelderup llega a la esquina donde estamos con Lencho y Roberto. Está advertida y llega dispuesta a dejarse llevar por el momento. Pero la oportunidad es rara y se anima a proponer. Pregunta si es posible una entrevista antes de la venta. A falta de objeción se prepara con el camarógrafo. Luego de tratar de entrar en razón con los empleados de la pizería Tamburelli de la Vía España, desiste de utilizar una mesa para la entrevista, a pesar de hacer notar que hemos consumido todos ahí (incluso estos señores de apariencia menos cautivadora que la suya). Es inútil, tienen miedo y Lencho lo comprende. Roberto también lo entiende y se hace de paciencia, total, hoy ha comido algo y lo demás es ganancia.

Ahora Alexandra tiene la oportunidad de mirar a los ojos a Lencho y le pregunta cuántos años tiene de estar en la calle. "Muchos" -le contesta él con una sonrisa.

Lencho se alegra de que venga la televisión a filmarlo porque así su hermanita lo verá. Hace tiempo que no la ve, y ella ha querido internarlo dos veces. Pero él dice que no sirve para estar encerrado. Ya se habituó a la calle.

Le muestra los tesoros que se encontró. Son objetos preciosos, pero tal vez de poco valor comercial. ¿Cómo saber, si ni él mismo ha querido asegurarse? Quizás es mejor no saber. Ahora por lo menos piensa que son un tesoro.

Ahora el turno es de Roberto. Antes escuchaba a Lencho atentamente. También tiene algo que contar. En su caso también fue mala suerte, dice.

Alexandra sigue la entrevista. Ahora es más difícil escucharles. Este hombre habla muy bajo, como si no tuviera mucho vigor. Tose de vez en cuando, y se ve que se apena por eso. Su historia no tiene para él nada espectacular, con ella se va dando cuenta del error, de que en su caso no es tan mala suerte. Es joven y todavía puede que tenga tiempo. Salir de la calle es el reto que se ve difícil. La esperanza no es muy clara porque para volver al mundo que él dejó haría falta como volver a nacer de nuevo.

Primer intento. Roberto busca en la basura.

Son las 11:15 en el puente elevado de San Miguelito. Estamos en el cruce de la carretera Transistmica con la Avenida Ricardo J. Alfaro. Debajo del puente hay una especie de asentamiento. Se ven los cartones extendidos, mesas y bancas improvisadas con cajas en las que una vez hubo manzanas y peras, tanques pintura, bolsas, basureros, carritos de supermercado, y otros desperdicios.

Tony y yo tratamos de mirar desde la acera para ver si hay personas, pero al parecer ya no es hora de seguir en ese hueco. La vida en ese cruce es bastante movida. La esquina donde estamos tiene ventas de todo tipo de cosas. Aunque hay dos grandes supermercados, muchísimas tiendas y comercios, afuera se vende y se compra con igual ferocidad.

De pronto me salta a la vista un hombre joven y alto de piel oscura que revisa un basurero en la parada de buses. Lo observo un minuto y me hago la historia en la cabeza. Pienso que en cuanto le proponga la venta de "IndiGentes" y que las ganancias son suyas, acepatará de inmediato. Es tan alto que no tengo valor para afrontarlo. Tony se anima y lo aborda con unos ejemplares en la mano. Mientras le explica, yo observo que se quita un guante y con la mano ya desnuda se quita el otro guante. Los mete en el cinto y toma el libro. Lo ve, lo abre, se queda un rato como pensando y dice "lo siento". Lo siento - repite - yo no sirvo para vender nada. Nunca he servido. Soy penoso, sumamente penoso. Prefiero no tener nada que ver con la gente, prefiero tratar con la basura".

En otra cosa

Después del fracaso con el primer Roberto de esta empresa quijotesca, el rostro perplejo de Tony me anima al segundo intento. Entendí las razones del hombre anterior. Mejor dicho, empezaba a entender las razones. Un basurero es menos hostil que muchos transeuntes. Tampoco he sido buena vendedora y lamentablemente no he tenido la claridad para entenderlo como lo entendió Roberto (si es que en realidad así se llama).

Entonces veo a un hombre colgado de unas muletas pidiendo dinero en una esquina. Me le acerco y me pide una ayuda. Le hablo, mientras Tony me espera disimuladamente a unos metros. Este hombre tiene casi mi estatura, pero no estoy segura si es por su condición que lo veo más pequeño. Le pregunto qué hace ahí en este lugar y me dice que vende lo que sea.

Segura de mi éxito, saco unos cuantos ejemplares y le explico mi idea. "¿Poesía?" - me inquiere desconcertado. Si -le digo- hoy es el Día Mundial de la Poesía y es posible que algunas personas estén interesadas en leer poesía. Entonces el me mira con cara de situación y me dice "Bueno, es que yo estoy ocupado, tengo que hacer unos trámites y no me puedo comprometer con nadie ahora mismo. Estoy aquí para otra cosa. Eso no".

Una señora que vendía billetes de lotería y bolsitas de guandú a un metro me grita: "Es que a él lo que le gusta es pedir, váyase mamita, no pierda su tiempo con él, que a él lo que le gusta es pedir". Entonces yo lo miro nuevamente como preguntándole si era cierto. El hombre me mira y me dice "de verdad, estoy ocupado, hoy no puedo".

Plan B:

Estamos a un día del 21 de marzo. Hemos hablado con varios amigos que están entusiasmados con la idea. Sin embargo es un día difícil. En la prensa ha salido todo el programa del día mundial de la poesía que el Instituto Nacional de Cultura ha organizado. Mi actividad con los indigentes no está en el programa, pero la periodista que me entrevistó lo ha reseñado en La Prensa. A Rosalía también le gustó la idea y se animó a colocarla como primicia.

Hay una cuadrilla en Río Abajo dispuesta a entrarle al asunto. Yo pensaba más bien en otros personajes, pero desde ya puedo ver la primera dificultad. Son asuntos incompatibles. La poesía, digamos, es y no es una cosa de la calle.

Plan B: Saldremos a ver qué pasa. Llevamos unos 96 ejemplares, porque hemos guardado 3 para la biblioteca y uno para mi.

Rectificación del Plan B: Llevamos unos 85 ejemplares, puesto que algunos participantes exigen su copia y se comprometen a pagarla dando un dólar a un indigente. Eso no es exactamente la idea. No sé si ayuda, pero de alguna forma es diferente a la indiferencia.

Portada

Descripción:
Tapa suave, hecha con material cartoncillo de color celeste grisáseo. Letras negras tamaño 72 para el título y tamaño 16 para el nombre de la autora.

Es una publicación de bajo presupuesto, impresa en casa y fotocopiada. Se hicieron cien ejemplares solamente y tres de ellos se entregarán a la Biblioteca Nacional.

El precio sugerido es de un dólar, pero el vendedor puede hacer uso de sus habilidades para conseguir algo más que el dólar, intercambiarlo por otro objeto o por un plato de comida. Si la urgencia es mucha y el público se pone mezquino, se debe agarrar lo que se pueda.

Plan A:

Hablamos de nuestra reacción ante los indigentes. Yo quiero la fotografía, el hecho. Supongamos que esto te lo ofrece un indigente, en cualquiera de sus formatos; puede ser un piedrero, un pordiosero, un vendedor de objetos extraños, un simple tipo que está sobreviviendo. ¿Qué ocurriría? Me gustaría saber si acaso la gente aceptaría la propuesta. También me pregunto si esta gente se interesaría en tener en sus manos un libro de poesía para venderlo y ellos tendrían las ganancias. Yo no pido que me devuelvan siquiera los costos, no quiero las regalías de esta edición. El propósito es experimental, sociológico y hasta moral.

No sé quién soy yo para juzgar a los demás bajo la visión de mis propios temores. Sólo cuento con la observación, con la experiencia que desde hace años comparto con otros en semáforos y esquinas. Esta sería una oportunidad para constatar o para desmentir mis teorías. ¿Acaso la gente desprecia, ignora y teme a los indi...? Gentes! Ellos también son Gente.

Plan A: El día mundial de la poesía, 21 de marzo, entregaremos un paquete a unos cinco o seis indigentes, previamente identificados, quienes los venderán y obtendrán las ganancias.

a dos pulgadas de un indigente

Viajo entre las calles de una ciudad que me absorbe en su ruido. Conduzco un auto discreto y - como todo buen conductor - me detengo ante la luz roja de un semáforo. Allí me entrego a los minutos y espero, ya sea con ansias o resignación. De vez en cuando puedo ver una figura que se acerca, aunque a veces me toman por sorpresa. Los vendedores del semáforo buscan colocar la mercancía y yo decido (aparentemente lo hago) si quiero comprar mangos en una esquina para contribuir a la mejor distribución de las riquezas en mi desbalanceado país. Es mi pequeño y miserable acto de justicia.

Pero cuando veo asomarse a un piedrero1, cuando lo veo venir de auto en auto con un vasito en la mano, sin algo que vender, con las manos curtidas y el aspecto siniestro de un espanto, subo inmediatamente la ventana, como si con eso levantara una fortaleza entre el miedo y yo.

Ahí estoy, rogando a Dios que cambie la luz antes de que el tipo llegue a mi ventana. Eso no pasa todo el tiempo, así que en ocasiones me toca tenerlo ahí, al lado, esperando mi contribución a su causa. A veces digo "no, gracias" y me siento ridícula, estúpida, malagradecida, infame. Cargo con esa culpa hasta el próximo semáforo y ya tengo listo mi impuesto a la miseria. Para hacérselo llegar bajo el vidrio apenas lo necesario: dos pulgadas, por donde salen unas monedas que yo procuro agarrar apenas con la punta de los dedos. El hombre lo entiende y acomoda la mano para respetar mi horror de llegar a tocarlo. Transacción completa.


(1) denominación popular para persona con aspecto de drogadicto, como si no fueramos todos un poco drogadictos, gente de muy mal vivir - si es que eso se puede llamar vivir. Viene de la palabra "piedra", la cual aparentemente es una droga de malísima calidad, pero más barata. En fin, en Panamá hemos optado por llamar piedreros a eso que nadie quiere ser y que vive en las calles, hecho mierda.

Un poema

Me preguntaba si en cuanto a publicación de poesía se podía hacer un libro con un sólo poema. Todo se puede. Uno tiene que poder entender lo anterior sin que te encarcele su regla. El poeta Christoph Janacs de Austria publicó un libro llamado Von Einem Garten a Octavio Paz (1914-1998). Es un poema hermoso. En el centro del libro hay una litografía de Renate Wegenkittl en la cual se puede leer un verso de Octavio Paz de Pasado en Claro, que lee "Soy la sombra que arrojan mis palabras". Es un trabajo magnífico, que admiro y guardo con mucha alegría. Ha sido una inspiración.

De hecho, hay poemas solitarios. No caben en antologías porque cuesta hacerlos encajar en una colectividad. Así es como se quedan solos en cuadernos, hasta que se pierden. Viven y mueren esperando su destino, y ese era el destino de IndiGentes. Ese era, hasta que hablando del libro de Janacs, me percaté de que la sencillez podía engrandecer suficientemente a la palabra, como para honrarla. La palabra no necesita reglas de publicación para llegar, es en verdad un acto de soberbia limitarla, hacerla esperar como a una señorita de dos siglos atrás.

Texto

IndiGentes

En una ciudad
en la que los fantasmas
pueden verse sin esfuerzos,
decidieron llamarles indigentes.

Nadie sabe
cuándo fue que murieron,
pero ya no están
de cuerpo presente,
ya no son más que espantos
que fingen dormir en las aceras.

Si por descuido,
en esa ciudad
se transita por las calles que pueblan,
si con uno de ellos
alguien se encuentra;
apura el paso,
sumerge la mirada en sí,
en el semáforo,
cambia de estación en la radio,
o bien,
si el terror se lo permite
tira al aire algunas monedas.

Ellos, los fantasmas,
siempre del mismo color
- ocre verdoso -
a veces parecen evocar
tiempos venideros,
y se hacen más
volando entre tinacos,
puentes, plazas, parabrisas,
unos con bolsas llenas de recuerdos ajenos,
otros con piedras
para el lobo de caperucita.

Los habitantes,
fieles tributarios
al banco de indigentes
esperan gracias
por sus dotes egoístas,
y los fantasmas
- siempre generosos -
se las dan,
aunque en el fondo
sienten pena, porque saben
que para ser fantasma
sólo se requiere
un golpe de suerte.