Me preguntaba si en cuanto a publicación de poesía se podía hacer un libro con un sólo poema. Todo se puede. Uno tiene que poder entender lo anterior sin que te encarcele su regla. El poeta Christoph Janacs de Austria publicó un libro llamado Von Einem Garten a Octavio Paz (1914-1998). Es un poema hermoso. En el centro del libro hay una litografía de Renate Wegenkittl en la cual se puede leer un verso de Octavio Paz de Pasado en Claro, que lee "Soy la sombra que arrojan mis palabras". Es un trabajo magnífico, que admiro y guardo con mucha alegría. Ha sido una inspiración.
De hecho, hay poemas solitarios. No caben en antologías porque cuesta hacerlos encajar en una colectividad. Así es como se quedan solos en cuadernos, hasta que se pierden. Viven y mueren esperando su destino, y ese era el destino de IndiGentes. Ese era, hasta que hablando del libro de Janacs, me percaté de que la sencillez podía engrandecer suficientemente a la palabra, como para honrarla. La palabra no necesita reglas de publicación para llegar, es en verdad un acto de soberbia limitarla, hacerla esperar como a una señorita de dos siglos atrás.
Texto
IndiGentes
En una ciudad
en la que los fantasmas
pueden verse sin esfuerzos,
decidieron llamarles indigentes.
Nadie sabe
cuándo fue que murieron,
pero ya no están
de cuerpo presente,
ya no son más que espantos
que fingen dormir en las aceras.
Si por descuido,
en esa ciudad
se transita por las calles que pueblan,
si con uno de ellos
alguien se encuentra;
apura el paso,
sumerge la mirada en sí,
en el semáforo,
cambia de estación en la radio,
o bien,
si el terror se lo permite
tira al aire algunas monedas.
Ellos, los fantasmas,
siempre del mismo color
- ocre verdoso -
a veces parecen evocar
tiempos venideros,
y se hacen más
volando entre tinacos,
puentes, plazas, parabrisas,
unos con bolsas llenas de recuerdos ajenos,
otros con piedras
para el lobo de caperucita.
Los habitantes,
fieles tributarios
al banco de indigentes
esperan gracias
por sus dotes egoístas,
y los fantasmas
- siempre generosos -
se las dan,
aunque en el fondo
sienten pena, porque saben
que para ser fantasma
sólo se requiere
un golpe de suerte.
En una ciudad
en la que los fantasmas
pueden verse sin esfuerzos,
decidieron llamarles indigentes.
Nadie sabe
cuándo fue que murieron,
pero ya no están
de cuerpo presente,
ya no son más que espantos
que fingen dormir en las aceras.
Si por descuido,
en esa ciudad
se transita por las calles que pueblan,
si con uno de ellos
alguien se encuentra;
apura el paso,
sumerge la mirada en sí,
en el semáforo,
cambia de estación en la radio,
o bien,
si el terror se lo permite
tira al aire algunas monedas.
Ellos, los fantasmas,
siempre del mismo color
- ocre verdoso -
a veces parecen evocar
tiempos venideros,
y se hacen más
volando entre tinacos,
puentes, plazas, parabrisas,
unos con bolsas llenas de recuerdos ajenos,
otros con piedras
para el lobo de caperucita.
Los habitantes,
fieles tributarios
al banco de indigentes
esperan gracias
por sus dotes egoístas,
y los fantasmas
- siempre generosos -
se las dan,
aunque en el fondo
sienten pena, porque saben
que para ser fantasma
sólo se requiere
un golpe de suerte.
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