El Condicionado

El ideal
además de ser el mayor peso que el hombre puede cargar
también es la desgracia del idealista.

firma: El Condicionado

Con esas palabras inicia el promocional de esta estrategia de facebook llamada Facebook Stories.   Una chica brasileña de nombre Shalla Monteiro describe su encuentro con Raimundo Arruda Sobrinho, un indiGente que vivía en la calle hacía unos 35 años, pero a quien su constante ejercicio de la escritura lo mantenía a salvo en "La isla", una pequeña isleta rodeada de autos y viajantes que había bautizado así, con la carga metafórica que implica la decisión en si misma.

Higiene material
higiene mental
aquí, no sé cuál de las dos es más difícil de hacer.

Así se traduce otro de sus textos, que aveces parecen más un tratado de filosofía, pero que tiene - en verdad - una similitud intrigante a la génesis de la poesía en el imaginario de un Aristóteles que sintió la necesidad de diferenciar al poeta del escritor científico, por ejemplo; y luego, al poeta elegíaco del poeta épico.

La historia de El Condicionado, si bien se propone - equivocadamente, digo yo - como una historia de esperanza, porque es lo que en el uso de las redes sociales atrae más la atención, puede mejor entenderse como la poiésis, que tiene que ver más con el gesto creador en la palabra del cual es capaz sólo un ser humano (hasta el momento).

La construcción del personaje, del espacio, la recreación de la vida [lo que decimos cultura] y la expresión escrita, lo que demanda el gesto de regalar un poema a la chica que te mira y el mito creado en un universo que no domina, que ni siquiera conoce (facebook, internet, etc.), supera los intentos de nuestra aproximación a la poesía.

Con la frase "Desdichado del hombre que se abandona", el documento presenta a un Raimundo renovado, de barba afeitada y pelo recortado, cuyo único rastro de la miseria parece ser una escoleósis severa, pero que come, lee y sonríe bajo la protección de su hermano, quien relata emocionado un poco de su búsqueda y su necesidad de llenar el vacío que el hermano desaparecido dejó al marcharse.

Hago la diferencia en  la lectura de este relato.  El condicionado es más una invitación a mirar en lo profundo de una sociedad que nos mantiene indigentes, pero de sentido.

A continuación, comparto el original de la historia que conocí - no podía dejar de decirlo - a través del facebook.  Ustedes tomen lo que deseen.





Maldita suerte...


Ciento sesenta dólares mensuales por persona fue lo pactado para que el Albergue de Resocialización y Asistencia de Dependientes de Drogas realizara una labor social con indiGentes de la provincia de Colón.  

De pronto el Municipio deja de pagar y el Albergue no puede sostener los costos.  Un día los devuelve y seguramente vuelven a la calle.   ¿Acaso un plan insostenible? 

Misión Negra Hipólita (Venezuela)

Desde Venezuela nos escriben para contarnos de un proyecto llamado Misión Negra Hipólita, una fundación sin fines de lucro que se dedica a la atención de “personas en situación de calle” según les llaman en esta organización.

Estuve revisando su sitio Internet y encontré una imagen con el procedimiento básico que utilizan para entender y ubicar a cada persona según la situación que presente.  Tiene varios programas desde la identificación hasta el seguimiento.  Aparentemente se trata de “devolver” a la persona a la sociedad, no tanto al estado en que se encontraba cuando llegó a la calle, sino donde después de su experiencia se encuentre mejor. 

La iniciativa es relativamente nueva, ya que surgió en el año 2006, pero han logrado ponerla en regla y por lo que puedo ver el Gobierno apoya económicamente, de forma que pueden operar con más ventajas.  De hecho, enmarcan su trabajo en la ideología del socialismo, en la cual encuentran bases para actuar ante cada persona como alguien con los mismos derechos que cualquiera otra.  Se habla de derecho ciudadano, de protección social, e incluso de derecho a la cultura.

Cuando pienso en Venezuela, me acuerdo que a pesar de su riqueza natural, la corrupción ha dejado intensos vacíos en sus estructuras sociales.  La injusticia, el racismo, la marginación me llegan como golpes.  Recuerdo incluso en las telenovelas que veía con mi mamá, todas esas historias de cerros en los que la gente se amontonaba para sobrevivir.  Era tan raro estar viendo eso y luego un derroche de lujos en los Miss Universo y en los comerciales de las empresas televisoras de los años ochenta.  Era como si Venezuela le robara a Venezuela. 

Dicen que hoy día ocurren otras tragedias, que las injusticias cambian de mano y qué sé yo qué más, pero la esperanza está en que en la medida en la que se estudie la indigencia, en la que se empiece a pensar en cada persona como un ciudadano con derechos, las cosas pueden cambiar. 

Por el momento les invito a conocer más sobre la Misión Negra Hipólita y su revolución de afecto.

apariencias


Como la foto tiene igual tamaño que el texto, asumiremos que su aspecto es parte importante de la noticia. La apariencia de este señor lo coloca automáticamente en la categoría social de "indigente", aunque tal vez las "unidades policiales" se quedaron con la información de que no vivía en ningún lugar, cosa que cualquiera dice si lo agarra la policía.  

El hombre estaba intentando entrar en las instalaciones de unas oficinas públicas con un cuchillo en su poder.  Lo que no entiendo es por qué parece estar en la calle, por qué era importante decir que era indigente y si su apariencia es un dato relevante para las "investigaciones".  

Probablemente ya no se sepa más de este Óscar, su noticia, como tantas otras quedará en este pedazo de página del periódico tabloide. Sus necesidades y sus problemas ya no serán asunto de las autoridades, y probablemente su apariencia le seguirá trayendo sobresaltos.


HomeLess

[esta es la versión en inglés del poema IndiGentes, hecha por mi, que - aunque no soy angloparlante - tengo más o menos claro el asunto, sin caer en la trampa de las traducciones literales]



In a certain city
where ghosts can effortless be seen
they decided to call them homeless people.

No one knows
when was it that they passed away,
they are not anymore living souls
they aren’t anything but specters
who pretend to be sleeping on the sidewalks.

If by any distraction
people get into the streets they live in
and come across with such an apparition
they’ ll rush their steps
deepen their look into themselves
into the traffic lights,
change the radio station, or
if so much fears allow them
throw some coins in the air.

Ghosts, always the same color
- greenish ochre –
seem to call out coming times,
and multiply themselves
flying among trashcans
bridges, parks, windshields,
sometimes carrying bags
filled with people’s memories
or stones for the Little Red-Cap’s wolf.

Inhabitants,
faithful contributors
to the homeless trust
expect some gratitude for their selfish gifts,
and ghosts
- always generous –
give them so,
even when in their minds
they really fell sorry knowing that
to be a ghost
all you need is
a stroke of fortune.

Mensaje en la niebla para el hermano mendigo













Hermano mendigo,
quiero como mi mano
tu mano sucia y viajera
para extenderla a esta gente hermosa,
pedir un sol en la madrugada
un pan sin necesidad de mesa
y rogar un beso en la frente
cuando ya todos los ojos
ardan en el aire.

Hermano,
yo también estoy amparado
a una cuneta a las orillas de la vida.
Sigo la ruta del afán y el desacierto.

Yo sólo pido las migajas de un aroma
pero esta ciudad está hecha de espinas.
Grande es la sombra.
Grande el hambre que tengo.

Hermano mendigo,
como tú,
yo también huelo a las heces
de un corazón canceroso que grita a medianoche.

A mí también la lluvia me martilla los huesos
y el frío me deja su veneno blanco sobre los poros.
Como tú,
tengo mil caminos como mil formas
de morir y no morir con pasos ciegos.

Sedienta es la tormenta en una esquina o bajo los puentes;
los dos sabemos de su mano terrible
que sube desde el charco para ahogarnos las lágrimas.

(Niñas bonitas
asquean por nuestra piel de oruga
y niños valientes
le lanzan piedras a nuestro trémulo cariño desde los balcones.)

Oh, hermano mendigo,
yo también tengo un saco en los hombros
y llevo una rosa, ahí,
donde los demás sólo ven basura…



Este poema es de Vladimir Amaya, poeta salvadoreño.


Crucifíquenlo!!!


En el periódico "El Siglo" se anuncia que la comunidad de Campo Limberg en la ciudad de Panamá se queja.  El problema es un indigente que se pasea semidesnudo por la calles del sector y que busca comida en los basureros, que pide dinero y que anda "medio desnudo".  Pero la mayor preocupación parece ser que "los niños tienen miedo cada vez que ven a este hombre pasar".

Para ilustrar un poco a quienes no lo saben, Campo Limberg, que debe su nombre al legendario millonario que perdió a su hijo hace más de cuatro décadas, es un pequeño barrio de clase media ubicado en el Corregimiento de Juan Díaz.  Una nota periodística sobre Juan Díaz nos aclara que es un sector de variados estratos sociales, con tendencia a la pobreza, pero lleno de fábricas y comercio al por mayor.  

Entonces, la queja parece ayudarnos a entender cómo la indigencia se convierte en el resultado de un problema más grave: LA INDIFERENCIA. Porque cuando los residentes de Campo Limberg sienten los "olores desagradables" de su vecino y se ven afectados por sus hábitos alimenticios,  se les quita la paz del remanso en el que viven.  Ellos, rodeados de pobreza, de industrias contaminantes y protagonistas de la terrible distribución de la riqueza, están molestos porque se les está colando la realidad de este país en su pequeño paraíso.

Quien firma la nota, Boris Perea, la titula como "Indigente suelto...", como si se tratara de un animal o de un delincuente, quien debiera estar amarrado o encarcelado por estar buscando qué comer en los basureros de los ricos.

Hay varias preguntas desde el otro lado: ¿por qué se va precisamente hasta estos basureros? ¿por qué no ordena adecuadamente las basuras cuando termina de revisar? ¿por qué anda semidesnudo en una ciudad que vive a 33 grados centígrados? ¿por qué pedir plata a los ilustres moradores de tan fino barrio? ¿por qué los niños le tienen miedo, si ellos no saben cuan peligroso es? ¿en qué consiste el delito de este hombre? 

Creo que con esta pequeña nota en el periódico, todos quedamos un poco semidesnudos.

El hombre invisible

SITUACIÓN INICIAL: Hay muchos indigentes en Dusseldorf (Alemania) y mucha gente que no los nota.

MISIÓN: Sensibilzar al público e incitarlos a que compren la revista de indigentes
fiftyfifty.

IDEA: a menudo los indigentes piensan que la gente como que mira a través de ellos.  Eso fue lo que mostramos en nuestra promoción navideña (Revista Fiftyfifty).

Lutz, indigente desde hace más de 15 años, intentará vender el número de Navidad de la Revista Fiftyfifty impresa. Una cámara de video registra lo que sucede detrás de Lutz y un proyector lo refleja sobre él.   NO ME IGNOREN, dice un letrero hecho a mano delante suyo.

RESULTADO:  Una gran cobertura en los medios a nivel nacional.  Y la venta total de la edición navideña de la revista Fiftyfifty!!!

Qué fácil estrategia de mercadeo, dicen algunos comentarios por ahí, pero es más fácil seguir ignorando a los congéneres.  Fiftyfifty es una revista alemana, que más bien es un programa para ayudar indiGentes, reinsertándolos en la sociedad o apoyándolos en asuntos de salud, en su alimentación y muchas veces hasta encontrando a familiares que no sabían de su estado.  Su principal fuente de financiamiento son las ventas de la revista y otros productos, pero también reciben donaciones.  La autora de Harry Potter es una de sus grandes donantes, y en una entrevista que concedió a la misma revista dijo que su niñez había sido muy dura y que por eso ella sabía lo que era estar necesitada y no poder recurrir a ningún familiar o amigo.  

Lo cierto es que ya montado el proyecto, no es difícil apoyar, porque con creatividad, el equipo de Fiftyfifty ha sabido trabajar de manera sencilla y bien esquemática (como buenos alemanes) para garantizar sus objetivos.  De este tipo de cosas hablo yo, cuando me refiero al Capital Social.  Tenemos que ser sociedades en las que el Estado tenga sus responsabilidades y los ciudadanos también asuman las suyas, porque si hay una cosa que necesita un ser humano es al menos una mirada que le salve. 

p.d.: si entiende alemán, dése una vuelta por la revista en www.fiftyfifty.galerie.de 

y, ya saben, NO LOS IGNOREN.

Hay vida en el cementerio

Me lo contó sin demasiado aspaviento.  El hombre había vivido en un cementerio. Debí haber recibido el tema como niño con palabra nueva, porque con su habitual paciencia - la paciencia del viajero - hizo un gesto afable desde el que arrancó a explicar su inusual historia.

Cualquiera hubiera partido del "golpe de suerte" para iniciar el coloquio, pero empezó por llenar el ambiente de afecto y colocó por delante a la fortuna de que existiera gente tan generosa en Managua.  Se dedicó a tallar cada detalle de las tantas tertulias que compartió con ese amigo a quien después las circunstancias obligarían - y esto lo dijo desprendido de cualquier resentimiento -  a pedirle con mucha verguenza que abandonara su casa en cuanto le fuera posible.

Puedo imaginarme su diáfana sonrisa cuando le dijo sin el menor asomo de preocupación, no sólo que ya tenía donde quedarse, sino que además hacía tiempo que le habían ofrecido posada. Puedo imaginármela, porque por lo poco que sé, esa sonrisa es un sello del poeta.

Esa misma tarde, Otoniel Guevara tomaría sus pocas pertenencias, y después de gastar tiempo en algún café, caminaría hasta encontrar un sitio donde recostar su cansancio.

En aquel entonces, el Cementerio San Pedro no estaba cercado ni custodiado, pero seguramente era tan tenebroso en el imaginario colectivo como lo puede ser ahora, que hay tanto cine de espanto y que se saben las mañas de la brujería.  Y no lo digo en plan de niña boba, papel que protagonicé a los doce años, cuando me invitaron a conocer Chiriquí con base en una casa ubicada detrás de un cementerio (antes nunca se me había ocurrido que un mosquito pudiera ser en verdad un fantasma); lo digo porque se sabe sin saberse que en los cementerios...ocurren cosas.

Cuesta entenderlo, pero supongo que uno va cansándose y poco a poco los sitios cambian su dimensión.  La fría banca del parque (la primera cosa que probó) puede ser de pronto un portento de cama para alguien que en verdad no sabe a dónde ir.  Pasa la noche y se van apagando las posibilidades de que alguien te pueda dar una mano, se van cerrando las puertas que de día parecían dar la sincera bienvenida y el cuerpo se va llenando de un frío que hace añorar la infancia, cuando el calor propio era tarea de los mayores.

De pronto estaba solo y hasta los muertos se resistían a darle compañía, pero como tampoco estaban para llamar a la patrulla, se les acomodó en algún mausoleo de los que todavía quedaban en pie. La madrugada entró, no sin sombras moviéndose o sonidos que en su imaginación se antojaban como ruidos extraños (aunque allí el único extraño fuese él), y al amanecer había logrado burlar la primera noche al desamparo.

El estudiante de periodismo salvadoreño salió entonces a la calle, convencido de que alguna cosa cambiaría su condición de indiGente, pero los días se fueron sumando con las noches hasta hacer un mes.  Un mes de sonrisas, de preguntas, de mucho sueño, de cargar con sus 
cosas por todo lado hasta que las aguas volvieran al cauce y Otoniel cambiara otra vez de suerte.

Como no es de los que andan pregonando las miserias, de los que uno les pregunta inocentemente ¿Cómo estás? y te sacan la cuadrícula médica, las cuentas por pagar y lo que tenían pensado hablar con el psiquiatra, no fue fácil dejar el domicilio mortuorio.  Pero si logró entender que gracias a Dios los latinoamericanos no somos tan civilizados y desarrollados como para preguntarnos cómo, dónde y por qué se debe alojar en casa a un "pobrecito poeta" (que era él en esos tiempos y quien sabe si hoy también).

Ante la seriedad del asunto, me daba verguenza preguntarle una cosa tan banal, pero me arriesgué a indagar dónde se bañaba, y - aunque al principio su respuesta me confirmó que no era lo más importante -  me contó que después de las esporádicas licencias de un amigo chileno, terminó en una residencia de señoritas universitarias, quienes sin mayores complicaciones que unas eventuales miradas de sospecha, le prestaron también un corredor más acogedor que el mausoleo, con derecho a ver gente viva pasando al baño y a vivir la gloria de una buena comida en tiempos de abundancia (que no han debido ser demasiados).

Cuando me lo contó lo hizo sin demasiados aspavientos, pero tal vez sabía que me estaba confesando algo que despertaría mi curiosidad.  Más allá de mi curiosidad, se despertó mi pregunta dormida, aquella que inició precisamente en Nicaragua, cuando el poema IndiGentes terminaba de completarse.  Había tanta gente desamparada, tanta guerra inconclusa, como la que venía dejando Otoniel en El Salvador, que ser indiGente no era siquiera una decisión de rebeldía, como podía ser el caso de Roberto, de Lencho y de otros que prefieren no tener que ver con la gente y que por ello siguen en la calle. ¿Cómo llegamos a esto?

Tal vez este este relato quede como un recuerdo apenas curioso, o quizás se convierta en una anécdota que nos ha regalado el poeta, pero en el fondo los indiGentes siguen siendo esos fantasmas a quienes preferimos ignorar, a menos que den muestras de superación personal y veneración por una sociedad que les fabrica por docenas.  Es posible que en estos tiempos, ni siquiera en el cementerio encuentren cabida, como pudo constatar Guevara dieciocho años después, cuando encontró la entrada del ahora "Parque Museo Cementerio San Pedro" con una magistral cerca, con todos los mausoleos restaurados (incluyendo el suyo) y una modernísima categoría de monumento nacional.

La próxima vez que usted pase por un cementerio, no crea que es un lugar exclusivo para los muertos, no piense en fantasma con sábanas blancas, en esqueletos que salen de la tierra, porque algunas veces, por cortesía de algún indiGente, también hay vida en el cementerio.



Bondad y Libertad


Este artículo de Flor Mizrachi, publicado en el diario La Prensa el 18 de julio del 2007 me lanza inmediatamente la pregunta en la cara. ¿Qué quiere un ser humano?
Si a los indigentes en Panamá se les recoge en operativos de calle, se les da -como quien dice- los primeros auxilios y se les remite, ya sea a la policía, al asilo de ancianos o al tenebroso Ejército de Dios; entonces todo parece aparentemente resuelto.
Mi pregunta sigue allí, quieta pero vigente. No sé si me gustarían tales destinos. ¿En cuál de ellos puedo -por ejemplo- decidir qué hago con mi día? En la policía no, en el ancianato y en lo otro, evidentemente si. De no ser así, no habrían reincidentes como el que menciona el artículo, a quien se lo han llevado siete veces.
En el primer semestre del año se han hecho 1,176 "captaciones" por la Alcaldía de Panamá. Hay algo que no me cuadra, o mejor dicho, si me cuadra. En mi lectura la palabra dice indiGentes. La gente agradece la bondad, pero prefiere infinitamene la libertad.
Desde el blog de La Ventana de Trutruka en Chile, el proyecto IndiGentes reporta nuevos asomos en el registro "El Viejo del Saco":

Cuando niños, si no dábamos en el gusto a los adultos y no accedíamos a sus enojos y caprichos, nos amenazaban y atemorizaban con el viejo del saco. Eran los mendigos, los indigentes, los limosneros, los vagabundos, a los que ahora denominan como personas que se encuentran en situación de calle. En Francia, son atracción turística, los famosos ”clauchards”...


(para ver la entrada completa pinche aquí)

creer en la poesía


Leer un poema, tratar de entender, intentar la comunión con la palabra es tal vez la última parte. La primera parte es otro dolor. Sin embargo, estar ahí creyendo en la poesía, en que lo que dice tiene que ver con uno mismo es un ejercicio difícil de profundizar.
No todo el mundo va detrás de un verso, declarándose abierto a la definición, al trazo de unas líneas que se convierten en letras y palabras. No hay muchos que se hagan por unos minutos indigentes y cambien sus ambientes refrigerados por un poco de sol de mediodía, y así ver de cerca el significado.
Aquí faltan testimonios, experiencias, visiones, frustraciones y muchas preguntas. Pero puedo decir que también así es posible creer en la poesía.

Roberto

Roberto llega un rato más tarde desde la Vía España. Ha visto a Lencho y se acerca para ver qué pasa. Lencho lo distingue e inmediatamente sabe que está recién despertado. Seguramente pasó mala noche.

Viene con un cartucho grande y una cara de hambre disimulada. Agradece que el otro le extienda un poco de su comida. También acepta el libro, aunque temeroso de ensuciarlo. Los dejo interactuar y me aferro a mi timidez. Ellos también han sido sorprendidos por el momento.

Cambia de estación en la radio

"...apura el paso,
sumerge la mirada en sí,
en el semáforo,
cambia de estación en la radio,
o bien,
si el terror se lo permite
tira al aire algunas monedas".

para ver el texto completo

La fotografía muestra a un conductor que mira hacia abajo dentro de su auto. Creo que tocaba la radio, o tal vez buscaba monedas, pero la luz seguía en rojo y él no abría las ventanas. No hubo oportunidad de explicarle qué queríamos de él, nunca bajó el vidrio, ni levantó la mirada, ni pareció intentar calmarse...

una venta

Una de las ventas de Lencho.
"Buenas tardes señoras, hoy es el día mundial de la poesía y estamos vendiendo este libro. El precio es de un dólar, pero se agradece lo que pueda..."
La chica busca el dólar en su bolso, tranquilamente, a pesar de la negativa de su compañera de viaje. Luego, baja la ventana justo lo necesario para el intercambio y desaparece en el sopor del mediodía.

Lencho Flores


Se llama Florencio. Todos lo conocen como Lencho. Tony lo encontró en las calles de Río Abajo mientras caminaba con su maleta al hombro. Su maleta es su casa y viaja con ella por donde va. Es imposible dejar sus pertenencias por ahí.

Yo estaba en la esquina de la intersección de la Vía España con la Once de Octubre con un cartucho lleno de libros. Los veo bajar del auto y me pregunto quién será.

El viene con un libro en la mano y me pregunta si yo escribí el poema. Le digo que sí, con algo de verguenza porque sé que es mi punto de vista sobre una situación en la que el sujeto es desconocido para mi. Pero me dice "Así mismo es como lo que dice usted. La gente nos mira así, nos temen, como si nosotros saliéramos a la calle a hacer daño. No somos maleantes, pero nos tienen miedo".

La entrevista

Alexandra Shjelderup llega a la esquina donde estamos con Lencho y Roberto. Está advertida y llega dispuesta a dejarse llevar por el momento. Pero la oportunidad es rara y se anima a proponer. Pregunta si es posible una entrevista antes de la venta. A falta de objeción se prepara con el camarógrafo. Luego de tratar de entrar en razón con los empleados de la pizería Tamburelli de la Vía España, desiste de utilizar una mesa para la entrevista, a pesar de hacer notar que hemos consumido todos ahí (incluso estos señores de apariencia menos cautivadora que la suya). Es inútil, tienen miedo y Lencho lo comprende. Roberto también lo entiende y se hace de paciencia, total, hoy ha comido algo y lo demás es ganancia.

Ahora Alexandra tiene la oportunidad de mirar a los ojos a Lencho y le pregunta cuántos años tiene de estar en la calle. "Muchos" -le contesta él con una sonrisa.

Lencho se alegra de que venga la televisión a filmarlo porque así su hermanita lo verá. Hace tiempo que no la ve, y ella ha querido internarlo dos veces. Pero él dice que no sirve para estar encerrado. Ya se habituó a la calle.

Le muestra los tesoros que se encontró. Son objetos preciosos, pero tal vez de poco valor comercial. ¿Cómo saber, si ni él mismo ha querido asegurarse? Quizás es mejor no saber. Ahora por lo menos piensa que son un tesoro.

Ahora el turno es de Roberto. Antes escuchaba a Lencho atentamente. También tiene algo que contar. En su caso también fue mala suerte, dice.

Alexandra sigue la entrevista. Ahora es más difícil escucharles. Este hombre habla muy bajo, como si no tuviera mucho vigor. Tose de vez en cuando, y se ve que se apena por eso. Su historia no tiene para él nada espectacular, con ella se va dando cuenta del error, de que en su caso no es tan mala suerte. Es joven y todavía puede que tenga tiempo. Salir de la calle es el reto que se ve difícil. La esperanza no es muy clara porque para volver al mundo que él dejó haría falta como volver a nacer de nuevo.

Primer intento. Roberto busca en la basura.

Son las 11:15 en el puente elevado de San Miguelito. Estamos en el cruce de la carretera Transistmica con la Avenida Ricardo J. Alfaro. Debajo del puente hay una especie de asentamiento. Se ven los cartones extendidos, mesas y bancas improvisadas con cajas en las que una vez hubo manzanas y peras, tanques pintura, bolsas, basureros, carritos de supermercado, y otros desperdicios.

Tony y yo tratamos de mirar desde la acera para ver si hay personas, pero al parecer ya no es hora de seguir en ese hueco. La vida en ese cruce es bastante movida. La esquina donde estamos tiene ventas de todo tipo de cosas. Aunque hay dos grandes supermercados, muchísimas tiendas y comercios, afuera se vende y se compra con igual ferocidad.

De pronto me salta a la vista un hombre joven y alto de piel oscura que revisa un basurero en la parada de buses. Lo observo un minuto y me hago la historia en la cabeza. Pienso que en cuanto le proponga la venta de "IndiGentes" y que las ganancias son suyas, acepatará de inmediato. Es tan alto que no tengo valor para afrontarlo. Tony se anima y lo aborda con unos ejemplares en la mano. Mientras le explica, yo observo que se quita un guante y con la mano ya desnuda se quita el otro guante. Los mete en el cinto y toma el libro. Lo ve, lo abre, se queda un rato como pensando y dice "lo siento". Lo siento - repite - yo no sirvo para vender nada. Nunca he servido. Soy penoso, sumamente penoso. Prefiero no tener nada que ver con la gente, prefiero tratar con la basura".

En otra cosa

Después del fracaso con el primer Roberto de esta empresa quijotesca, el rostro perplejo de Tony me anima al segundo intento. Entendí las razones del hombre anterior. Mejor dicho, empezaba a entender las razones. Un basurero es menos hostil que muchos transeuntes. Tampoco he sido buena vendedora y lamentablemente no he tenido la claridad para entenderlo como lo entendió Roberto (si es que en realidad así se llama).

Entonces veo a un hombre colgado de unas muletas pidiendo dinero en una esquina. Me le acerco y me pide una ayuda. Le hablo, mientras Tony me espera disimuladamente a unos metros. Este hombre tiene casi mi estatura, pero no estoy segura si es por su condición que lo veo más pequeño. Le pregunto qué hace ahí en este lugar y me dice que vende lo que sea.

Segura de mi éxito, saco unos cuantos ejemplares y le explico mi idea. "¿Poesía?" - me inquiere desconcertado. Si -le digo- hoy es el Día Mundial de la Poesía y es posible que algunas personas estén interesadas en leer poesía. Entonces el me mira con cara de situación y me dice "Bueno, es que yo estoy ocupado, tengo que hacer unos trámites y no me puedo comprometer con nadie ahora mismo. Estoy aquí para otra cosa. Eso no".

Una señora que vendía billetes de lotería y bolsitas de guandú a un metro me grita: "Es que a él lo que le gusta es pedir, váyase mamita, no pierda su tiempo con él, que a él lo que le gusta es pedir". Entonces yo lo miro nuevamente como preguntándole si era cierto. El hombre me mira y me dice "de verdad, estoy ocupado, hoy no puedo".

Plan B:

Estamos a un día del 21 de marzo. Hemos hablado con varios amigos que están entusiasmados con la idea. Sin embargo es un día difícil. En la prensa ha salido todo el programa del día mundial de la poesía que el Instituto Nacional de Cultura ha organizado. Mi actividad con los indigentes no está en el programa, pero la periodista que me entrevistó lo ha reseñado en La Prensa. A Rosalía también le gustó la idea y se animó a colocarla como primicia.

Hay una cuadrilla en Río Abajo dispuesta a entrarle al asunto. Yo pensaba más bien en otros personajes, pero desde ya puedo ver la primera dificultad. Son asuntos incompatibles. La poesía, digamos, es y no es una cosa de la calle.

Plan B: Saldremos a ver qué pasa. Llevamos unos 96 ejemplares, porque hemos guardado 3 para la biblioteca y uno para mi.

Rectificación del Plan B: Llevamos unos 85 ejemplares, puesto que algunos participantes exigen su copia y se comprometen a pagarla dando un dólar a un indigente. Eso no es exactamente la idea. No sé si ayuda, pero de alguna forma es diferente a la indiferencia.

Portada

Descripción:
Tapa suave, hecha con material cartoncillo de color celeste grisáseo. Letras negras tamaño 72 para el título y tamaño 16 para el nombre de la autora.

Es una publicación de bajo presupuesto, impresa en casa y fotocopiada. Se hicieron cien ejemplares solamente y tres de ellos se entregarán a la Biblioteca Nacional.

El precio sugerido es de un dólar, pero el vendedor puede hacer uso de sus habilidades para conseguir algo más que el dólar, intercambiarlo por otro objeto o por un plato de comida. Si la urgencia es mucha y el público se pone mezquino, se debe agarrar lo que se pueda.

Plan A:

Hablamos de nuestra reacción ante los indigentes. Yo quiero la fotografía, el hecho. Supongamos que esto te lo ofrece un indigente, en cualquiera de sus formatos; puede ser un piedrero, un pordiosero, un vendedor de objetos extraños, un simple tipo que está sobreviviendo. ¿Qué ocurriría? Me gustaría saber si acaso la gente aceptaría la propuesta. También me pregunto si esta gente se interesaría en tener en sus manos un libro de poesía para venderlo y ellos tendrían las ganancias. Yo no pido que me devuelvan siquiera los costos, no quiero las regalías de esta edición. El propósito es experimental, sociológico y hasta moral.

No sé quién soy yo para juzgar a los demás bajo la visión de mis propios temores. Sólo cuento con la observación, con la experiencia que desde hace años comparto con otros en semáforos y esquinas. Esta sería una oportunidad para constatar o para desmentir mis teorías. ¿Acaso la gente desprecia, ignora y teme a los indi...? Gentes! Ellos también son Gente.

Plan A: El día mundial de la poesía, 21 de marzo, entregaremos un paquete a unos cinco o seis indigentes, previamente identificados, quienes los venderán y obtendrán las ganancias.

a dos pulgadas de un indigente

Viajo entre las calles de una ciudad que me absorbe en su ruido. Conduzco un auto discreto y - como todo buen conductor - me detengo ante la luz roja de un semáforo. Allí me entrego a los minutos y espero, ya sea con ansias o resignación. De vez en cuando puedo ver una figura que se acerca, aunque a veces me toman por sorpresa. Los vendedores del semáforo buscan colocar la mercancía y yo decido (aparentemente lo hago) si quiero comprar mangos en una esquina para contribuir a la mejor distribución de las riquezas en mi desbalanceado país. Es mi pequeño y miserable acto de justicia.

Pero cuando veo asomarse a un piedrero1, cuando lo veo venir de auto en auto con un vasito en la mano, sin algo que vender, con las manos curtidas y el aspecto siniestro de un espanto, subo inmediatamente la ventana, como si con eso levantara una fortaleza entre el miedo y yo.

Ahí estoy, rogando a Dios que cambie la luz antes de que el tipo llegue a mi ventana. Eso no pasa todo el tiempo, así que en ocasiones me toca tenerlo ahí, al lado, esperando mi contribución a su causa. A veces digo "no, gracias" y me siento ridícula, estúpida, malagradecida, infame. Cargo con esa culpa hasta el próximo semáforo y ya tengo listo mi impuesto a la miseria. Para hacérselo llegar bajo el vidrio apenas lo necesario: dos pulgadas, por donde salen unas monedas que yo procuro agarrar apenas con la punta de los dedos. El hombre lo entiende y acomoda la mano para respetar mi horror de llegar a tocarlo. Transacción completa.


(1) denominación popular para persona con aspecto de drogadicto, como si no fueramos todos un poco drogadictos, gente de muy mal vivir - si es que eso se puede llamar vivir. Viene de la palabra "piedra", la cual aparentemente es una droga de malísima calidad, pero más barata. En fin, en Panamá hemos optado por llamar piedreros a eso que nadie quiere ser y que vive en las calles, hecho mierda.

Un poema

Me preguntaba si en cuanto a publicación de poesía se podía hacer un libro con un sólo poema. Todo se puede. Uno tiene que poder entender lo anterior sin que te encarcele su regla. El poeta Christoph Janacs de Austria publicó un libro llamado Von Einem Garten a Octavio Paz (1914-1998). Es un poema hermoso. En el centro del libro hay una litografía de Renate Wegenkittl en la cual se puede leer un verso de Octavio Paz de Pasado en Claro, que lee "Soy la sombra que arrojan mis palabras". Es un trabajo magnífico, que admiro y guardo con mucha alegría. Ha sido una inspiración.

De hecho, hay poemas solitarios. No caben en antologías porque cuesta hacerlos encajar en una colectividad. Así es como se quedan solos en cuadernos, hasta que se pierden. Viven y mueren esperando su destino, y ese era el destino de IndiGentes. Ese era, hasta que hablando del libro de Janacs, me percaté de que la sencillez podía engrandecer suficientemente a la palabra, como para honrarla. La palabra no necesita reglas de publicación para llegar, es en verdad un acto de soberbia limitarla, hacerla esperar como a una señorita de dos siglos atrás.

Texto

IndiGentes

En una ciudad
en la que los fantasmas
pueden verse sin esfuerzos,
decidieron llamarles indigentes.

Nadie sabe
cuándo fue que murieron,
pero ya no están
de cuerpo presente,
ya no son más que espantos
que fingen dormir en las aceras.

Si por descuido,
en esa ciudad
se transita por las calles que pueblan,
si con uno de ellos
alguien se encuentra;
apura el paso,
sumerge la mirada en sí,
en el semáforo,
cambia de estación en la radio,
o bien,
si el terror se lo permite
tira al aire algunas monedas.

Ellos, los fantasmas,
siempre del mismo color
- ocre verdoso -
a veces parecen evocar
tiempos venideros,
y se hacen más
volando entre tinacos,
puentes, plazas, parabrisas,
unos con bolsas llenas de recuerdos ajenos,
otros con piedras
para el lobo de caperucita.

Los habitantes,
fieles tributarios
al banco de indigentes
esperan gracias
por sus dotes egoístas,
y los fantasmas
- siempre generosos -
se las dan,
aunque en el fondo
sienten pena, porque saben
que para ser fantasma
sólo se requiere
un golpe de suerte.